Albinos 2011

Albinos 2011

 
En África, se persigue a los albinos por puro desconocimiento. La falta de pigmentación en sus pieles bien genera rechazo, bien todo lo contrario: sus miembros tienen un valor incalculable en el mercado negro; se utilizan para elaborar amuletos, se dice que tienen propiedades mágicas.
 
Conocedores de esta problemática, y apoyando el trabajo de la representante en el país con este colectivo, ADDIS-Galicia visita en mayo de 2011 a varias familias de albinos que habitan exiliados, y con las que colabora a través de recursos materiales directos: bicicletas para poder personarse en el colegio o en el lugar de trabajo, material escolar (libretas, bolígrafos, uniformes,…) y sobre todo, indumentarias de protección contra los rayos del sol (gafas, sombreros, paraguas, cremas,…). Sirvan de ilustración dos casos que hemos conocido en primera persona, y que ilustran el día a día de la comunidad albina en Burundi:
 
 
 
 
La historia que sigue está protagonizada por siete miembros: Marie Gaurette, mamá negra, y François, papá albino, que tienen cinco hijos, de los cuáles cuatro son también albinos, residen en una vivienda sita en una obra de construcción, cedida por el Gobierno de Burundi. Poseen tierras que sólo pueden labrar a turnos, ya que uno de los dos debe ocuparse permanentemente de los niños; su refugio no es suficientemente seguro, por él transitan a diario demasiadas personas ajenas. Los niños tampoco puede asistir a la escuela, corren el riesgo de ser secuestrados, asesinados; en casa estarán a salvo, protegidos por el cuartel de policías con el que lindan.
 
 
 
 
Se han fugado, por salvar sus vidas. Cuando les conocimos, dormían a ras del suelo, cabeza contra cemento, en 8 m2. Poco después hicimos entrega de utilitarios básicos: camas, sábanas y mantas, utensilios de cocina, y material de protección contra el sol como gafas, sombreros y cremas de protección, comprobando también que había que enseñarles cómo usarlas.
 

 

En paralelo, Jean Marie también ha tenido que huir dejando atrás su población natal. Cuando se integró en su nueva comunidad de vecinos, no podía sustentarse por él mismo: dicha colectividad le prestaba ropa, y compartían su comida con él. Nuestra representante en Burundi fue quién dió la voz de alarma al conocer tal situación: A Jean- Marie le faltaba un medio de transporte para poder acceder a un empleo en la ciudad. Pudimos comprarle una bicicleta, con la que se presenta a diario en su puesto de trabajo, el cual le permite sostenerse. Es albañil, y desde entonces percibe un salario cada semana por las labores desempeñadas.

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